El Emperador

PARÁBOLA DEL EMPERADOR

Anónimo

Una vez un emperador convocó a todos los solteros del reino con el propósito de encontrar un esposo para su hija. Todos los jóvenes acudieron a la cita y el rey les dijo:

“Cada uno de ustedes recibirá una semilla diferente. A partir de ahora, y al cabo de 6 meses, deberán traerme en una maceta la planta que haya crecido. La planta más grande y más bella ganará la mano de mi adorada hija, en consecuencia, podrá obtener el imperio”.
Así se hizo, sin embargo, un joven plantó su semilla la cual no germinaba; mientras tanto, todos los demás pretendientes del imperio no paraban de hablar y lucir las hermosas plantas y flores que habían sembrado en sus macetas. Por fin, el tiempo otorgado llegó a su fin y todos los jóvenes desfilaban erguidos y seguros hacia el castillo con relucientes, frescas, hermosísimas y exóticas plantas.

El joven estaba demasiado triste porque su semilla nunca germinó y ni siquiera quería ir al palacio, pero su madre insistía en que debía ir, pues, era un participante más  y, luego, su deber era estar allí.
Cabizbajo y muy avergonzado, desfiló en último lugar hacia el palacio con su maceta vacía. Todos los jóvenes hablaban de sus plantas y, al ver a su amigo, soltaron en risa con tono burlesco. En ese instante, el alboroto fue interrumpido por el ingreso del emperador. Todos hicieron su respectiva reverencia, mientras el soberano se paseaba entre todas las macetas admirando las plantas.
Finalizada la inspección hizo llamar a su hija, y llamó, de entre todos, al joven que se presentó con su maceta vacía. Boquiabiertos, todos esperaban, al menos, alguna explicación de aquella gestión.
El emperador dijo entonces:

“He aquí  el nuevo heredero del trono y se casará con mi hija, pues a todos ustedes se les dio una semilla infértil.  Todos trataron de engañarme plantando otras plantas, pero este joven tuvo el valor de presentarse y mostrar su maceta vacía, siendo sincero, leal y valiente, cualidades que un futuro rey debe tener y que mi hija, ciertamente, merece”.

Aporte: Sensei Adolfo Godoy