¡¡¡EUREKA!!!

Había un rey en Siracusa que se llamaba Hiero. La comarca que gobernaba era pequeña y. por eso mismo, quería usar la mayor corona del mundo. Así que llamó a un gran orfebre, renombrado por su habilidad artesanal, y le dio diez libras de oro puro.

  • Toma esto –le dijo- y modela una corona que despierte la envidia de todos los demás reyes. Asegúrate de usar hasta la última pizca de oro que te doy, y no mezcles ningún otro metal.
  • Se hará como deseas –dijo el orfebre-. De ti recibo diez libras de oro puro. Dentro de noventa días te daré la corona terminada, que será exactamente del mismo peso.

Noventa días después, fiel a su palabra, el orfebre llevó la corona. Era una obra exquisita, y todos decían que no tenía igual en el mundo. Cuando el rey Hiero se la puso en la cabeza le pareció muy incómoda, pero eso no le importaba. Estaba seguro de que ningún otro rey tenía semejante corona. Después de admirarla desde aquí y allá, la pesó en su balanza. Tenía exactamente el peso que él había ordenado.

  • Mereces gran alabanza –dejo al orfebre-. Has forjado la corona con gran destreza y no has perdido una pizca de mi oro.

Había en la corte del monarca un hombre muy sabio que se llamaba Arquímedes. Cuando lo llamaron para admirar la corona del rey, la hizo girar de aquí para allá y la examinó atentamente.

  • ¿Pues, qué te parece? –preguntó Hiero.
  • Es un trabajo artesanal realmente exquisito –respondió Arquímedes- pero el oro…
  • Todo el oro está allí –exclamó el rey-. Lo pesé en mi propia balanza.
  • Es verdad, pero no parece tener ese rico color rojizo que tenía en bruto. No es rojizo, sino amarillo brillante, como bien puedes ver.
  • Casi todo el oro es amarillo –dijo Hiero- Pero ahora que lo mencionas, recuerdo que en bruto era mucho más rojizo.
  • ¿Y si el orfebre se ha quedado con un par de libras de oro y ha compensado el peso usando bronce o plata? –preguntó Arquímedes.
  • Oh! No haría eso. El oro simplemente cambió de color mientras trabajaba.

Pero cuanto más pensaba en el asunto, menos complacido estaba con la corona. Al fin le dijo a Arquímedes:

  • ¿Hay un modo de averiguar si el orfebre me engañó o si honestamente me devolvió mi oro?
  • No conozco ningún modo –fue la respuesta.

Pero Arquarquimedes01ímedes no era hombre de decir que algo era imposible. Le deleitaba resolver problemas difíciles, y cuando se le presentaba una interrogante la estudiaba hasta hallar una respuesta. Y así, día tras día, pensaba en el oro procurando encontrar un modo de pesar la corona sin dañarla.

Una mañana pensaba en esta pregunta mientras se preparaba para el baño. La gran tina estaba llena hasta el borde, y cuando entró en ella cierta cantidad de agua se desbordó y cayó sobre el suelo. Algo similar había sucedido siempre, pero era la primera vez que Arquímedes pensaba en ello.

  • ¿Cuánta agua desplacé al entrar en la tina? –se preguntó. Cualquiera puede ver que desplacé una masa de agua similar a la masa de mi cuerpo. Un hombre de la mitad de mi tamaño desplazaría la mitad. Supongamos que, en vez de entrar en la tina, hubiera puesto la corona de Hiero. Habría desplazado una masa de agua equivalente a la masa de la corona. Veamos. El oro es mucho más pesado que la plata. Diez libras de oro puro no pesan tanto como siete libras de oro mezcladas con tres libras de plata. Si la corona de Hiero es de oro puro desplazará la misma masa de agua que otras diez libras de oro puro. Pero si es una mezcla de oro y plata, desplazará una cantidad mayor. ¡Eureka! ¡Eureka! Lo he encontrado.

Olvidándose de todo, salió del baño. Sin siquiera vestirse, corrió por las calles hasta el palacio del rey gritando: “¡Eureka, eureka, eureka! Lo he encontrado.

Se puso a prueba la corona. Se descubrió que desplazaba mucha más agua que diez libras de oro puro. La culpa del orfebre quedó demostrada más allá de toda duda. No se sabe si lo castigaron, pero es algo que no tiene importancia.

El simple descubrimiento que Arquímedes hizo en la tina, resultado de su perseverancia, fue mucho más valioso para el mundo que la corona de Hiero.

 

*El presente relato corresponde a una anécdota muy comentada sobre Arquímedes, inventor y matemático griego nacido en el año 290 a.C. La versión traducida es de James Baldwin.